Homero Alsina Thevenet
Homero Alsina Thevenet
Montevideo, 1922-2005. Periodista Como para tener una idea de la magnitud de su figura, hay que decir que se suele hablar de Homero Alsina Thevenet como "el descubridor de Bergman". Su madre era maestra y su padre, Eugenio, crítico teatral y director del suplemento dominical del diario El Día. A lo largo de su vida, él trabajó en medios de España, Uruguay y Argentina. Escribió, entre otros libros, "Una Enciclopedia de datos inútiles", "Historia del cine americano", "Cine sonoro americano y los Oscars de Hollywood" y "Nuevas crónicas de cine". Erudito, agudo y ético, hizo historia en la crítica de cine y en la crónica cultural. Es muy probable que Homero Alsina Thevenet hubiera corregido esta necrológica y hasta habría aportado datos para completarla. Durante su lectura habría anotado débiles líneas de lápiz al costado de un giro que no le gustó, algún error sintáctico, cualquier dato cuya pnemotecnia inverosímil le imponía corrección y, desde ya, su persecución de las repeticiones, para las cuales aportaba, de manera infalible, los sinónimos más pertinentes. Hijo de un periodista español, a los trece años padeció un accidente que despertó una vocación. Caminando cerca de su casa, en Montevideo, fue atropellado por una bicicleta. Mientras convalecía, enyesado, los porteros de un cine cercano le franquearon gratuitamente la entrada todas las tardes que quiso. Quiso todas las que pudo y a los 14 años comenzó su carrera en la revista Cine Radio Actualidad, con una sección semanal titulada "Consultorio cinematográfico por H.A.T.", donde competían datos irrelevantes con destellos de erudición sorprendentes. A pocos les podía importar a qué horas desayunaba el cineasta soviético Leon Pudovkin, pero Homero no sólo estaba enterado. Ofrecía razones. Su presencia en esa revista lo vinculó con Juan Rafael Grezzi, adelantado alumno de medicina que construyó una valiosa colección de discos (78 rpm) de jazz, y mantuvo la primera página dedicada al tema en el Río de la Plata. Las cualidades de Homero fueron advertidas por Juan Carlos Onetti, primer secretario de redacción del semanario Marcha, que lo invitó a sumarse a esa publicación, aunque poco tiempo después le dedicaría un extraño cuento titulado Bienvenido Bob, que es un retrato poco gentil del precoz crítico de cine. Desde las páginas de Marcha Homero ganó admiradores, cosechó odios, recibió amenazas y, por lo menos en una ocasión, una feroz trompada en la cara. Escribía a máquina de corrido, sin vacilaciones, sin errores y, en especial, sin arrepentimientos. A los 18 comenzó a fumar cigarrillos negros (Republicana) a pesar de padecer asma y no los abandonó. Su retiro de Marcha fue consecuencia del disgusto que le produjo a Carlos Quijano, su director, una nota sobre una película proyectada en un festival habido en Punta del Este. Homero le hizo pleito a Quijano y lo ganó. Las opiniones no se ofrecen en venta. Fue codirector de la notable revista Film (junto con Jaime Francisco Botet, otro hijo de español) y ahí resplandecieron sus puntos de vista y, también, sus arbitrariedades. Cuando comentó Un tranvía llamado deseo, Botet le rogó mencionase el nombre de Vivien Leigh. Homero sufrió, pero la incluyó. A partir de esa instancia, ingresó en El País, donde generó una brillante página de espectáculos, cuyo máximo logro fue que las películas del genial Ingmar Bergman se estrenasen en Montevideo antes que en Estocolmo. La notoriedad de Homero había trascendido a Buenos Aires y en 1964 la revista Primera Plana le encargó una nota de tapa sobre el productor Atilio Mentasti. En ese caso pudo hacerla ya que ni Ramiro Casasbellas ni Tomás Eloy Martínez hubieran sido recibidos por Mentasti. Esa nota significó, también, el traslado de Homero a Buenos Aires. Permaneció poco tiempo en ese semanario y logró insertarse en la editorial Abril. A esa altura ya eran legendarias sus advertencias y también sus impertinencias. Pero todos aplaudían sus magníficas crónicas y sus libros, en particular uno dedicado a la censura en el cine. Cuando llegó la dictadura eligió ir a Barcelona, tierra de su madre Judith y su tío Abraham, que tocaba el piano en la Orquesta de Tereg Tucci, que acompañó a Carlos Gardel. Superadas las presiones militares en el Río de la Plata, regresó a Montevideo, donde fundó un brillante suplemento literario en El País y lo dirigió hasta ahora. Ya no era más el petimetre sabelotodo sino un reflexivo sabio periodista, al que se recurría como consejero y guía. Como trataba de evitar todo toque sentimental en sus notas, también habría cuestionado esas líneas. Y, para terminar, hubiera pedido escuchar el disco Victor 38100, número de matriz de "Hello Lola", por los "Mound City Blue Blowers", como lo hacía los miércoles de noche en la casa de Grezzi. Nota de Hermenegildo Sabat ("El Clarín")
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