De no pedirle al viento la noche, hoy en el silencio
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En un movimiento paradójico que enuncia el retraimiento pero encarna la apertura, en esa aparente contradicción que consiste en volverse visible precisamente ante la oscuridad: ahí está la poesía. Ahí está el dar más ineludible y el más radical: la cara que se abre. Acaso el ser de la poesía no consista más que en dar la cara y, de ser necesario, en ofrecer la otra mejilla. La poesía no se impone, decía Paul Celan, se expone. Y siempre que la poesía se expone, ha argumentado el filósofo alemán Peter Sloterdijk, “renueva este compromiso contra la falsa sublimidad. Se expone contra los enteradillos de arriba, contra la autocomplacencia, contra el esteticismo, contra las señoras y los señores de la cultura.” Pero esas son cosas menores. Porque encarar, es, sobre todo, encarar a la muerte. Colocarse en pos de lo desconocido o, lo que es lo mismo, lo oscuro. En esa actitud ética y estética de la exposición que abre y, al abrir, vulnera, ahí donde surge con singular apremio la certeza de que la muerte, independientemente de su circunstancia, es una violencia, ahí, en ese camino, tanto el rostro como la poesía van solos. Están solos. Esto lo sabe Pablo Ortiz. [...] Fue una entrevista célebre ésta: El filósofo y la muerte. Christian Chabanis hablaba con Emmanuel Levinas. Decía el filósofo francés cuando Chabanis calificaba a la muerte como una certeza y, a la vez, como un inexorable: “Usted va hacia la muerte, usted ´aprende a morir,´ ´se prepara para el último extremo, pero ahí está el último cuarto de hora (o el último segundo), y en ese momento es la muerte misma y por sí misma la que completa el último trecho de la jornada, y es una sorpresa.” Decía también: “Ser ´inasumible´ es su cualidad. Es un evento sin proyecto. El ´proyecto´ que uno pueda tener de la muerte se deshace en el último instante. Es la muerte sola la que anda el último trecho. No nosotros. Nosotros, en sentido estricto, no la encontramos”. Imagino a Pablo Ortiz entre ellos, escuchando atentamente. Lo imagino en realidad ante la oscuridad (los filósofos conversando en off: el texto en forma de subtítulos), invitando a la muerte, hablando con sus deudos, asustándose a veces, enrabiándose otras, caminando de cualquier forma a su lado, incluso cerca, peligrosamente cerca de ese último trecho del que hablaba Levinas. Imagino que diría: de aquí en adelante tú, es cierto, tú que eres la cara que mi cara clama, y la poesía. De aquí: en adelante: el lenguaje. Esa dicha. Cristina Rivera Garza
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J. Pablo Ortiz Hernández
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